Los abogados en particular se ven expuestos a hablar constantemente. La herramienta particular de ellos es la palabra. Tanto con jueces, colegas o clientes su trabajo consiste básicamente en hablar y conocer el código escrito para poder interpretarlo y adecuarlo en lo posible a sus expectativas y beneficio. Toda negociación, toda exposición está basada en la lengua, más allá de los gestos, posturas y vestimenta que se utilice. La justicia, como la retórica se basa en la verosimilitud, no en la verdad. Es decir lo que parece más verosímil, más creíble es lo que se tendrá en cuenta. La verdad es algo que escapa tanto a la justicia como a casi toda discusión. De la verdad, de definirla se ocupa la ciencia y la filosofía, dos cosas que están bastante alejadas de las prácticas cotidianas.
Por lo tanto, para los abogados es fundamental el poder expresar sus ideas a través de razonamientos que puedan persuadir o convencer al otro, sea este un juez, un cliente o un colega.
Curiosamente el origen de la retórica y la oratoria fue justamente una disputa por la tierra, una disputa de derecho. En el sur de lo que ahora es Italia y hace aproximadamente 2.500 años hubo una discusión sobre a quién pertenecían las tierras, si a los griegos quienes las conquistaron y se establecieron allí o a las personas (descendientes de ellos) que ya habían nacido en esas tierras. La retórica se origina porque estas personas no pueden imponer lo que quieren por medio de la fuerza, por lo tanto se ven obligadas a demostrar que tienen razón y para ello recurren a la argumentación ya que se dan cuenta de que quien mejor argumente ganará la disputa. Pero esto se complica, ya que también deben prestar atención a quienes serán sus intérpretes: no pueden argumentar de la misma manera con el pueblo que con los nobles porque las razones e intereses de unos y de otros difieren. Deben convencer a otros de que sus razones son justas. Aparecen los primeros maestros de oratoria y retórica, se desarrolla una disciplina y casi una ciencia y hasta se crean escuelas. Desde aquí vemos que lo que empieza a entrar en cuestión no es la verdad, sino su construcción.
La retórica y la oratoria se dedican a la construcción de la verdad partiendo de cosas que “son” a otras que podrían ser y que representan lo que se quiere probar.

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